lunes, 2 de enero de 2012

Capítulo 4

-Seca-dijo él confundido-imposible.
-¿He ganado?-dije yo algo mareada.
-Sí, no lo entiendo-dijo él.
-Tengo mucho calor-dije incorporándome.
Me llevé la mano a la cara para ocultar mi rojez. No podía mirarle a la cara. Realmente, ¿yo deseaba su sangre?
-Qué bien hueles-dijo él.
Me di la vuelta. Le miré con cara de escarmio que le dejó frío.
-¿Estas de coña? ¡Apesto!-dije yo apenada.
-No es cierto, hueles de maravilla-dijo él acercándose a mi cuello.
Me puse nerviosa, por lo que me alejé de él, levantándome de la cama y poniéndome las zapatillas.
-Sólo iba a olerte-dijo también apenado.
Me fui a la cocina. Me deprimí al pensar que no había todavía nada de comida. Josh también se levantó y se puso a mi lado.
-Desayunaremos en alguna cafetería que esté cerca del supermercado-dijo él consolándome.
-Bien-dije contenta.
-¿Vas a ducharte?
-Sí, cuando te duches tú-dije yo.
-Las damas primero-dijo muy pícaro.
-Qué majo-dije sonriéndole-abre el gas, por favor.
-Claro-dijo agachándose.
Me fui al cuarto a preparar mis cosas. Cogí dos toallas, una para la cabeza y otra para el cuerpo, gel, champú y mascarilla. Llegué al baño y me desvestí deprisa, sería por el miedo de que ocurriese lo mismo de ayer. Me metí en la ducha y me lavé rápido, tenía demasiada hambre como para dilatar mucho la ducha. Me desenredé mi larga cabellera con la ayuda del agüita, no podía soportar esos nudos que no podía desenredar con el secador. Cerré el grifo y cogí los mechones naranjas que había en el desagüe. Me puse las toallas antes de salir. Me recogí el pelo con la toalla, aunque no podía recogerlo del todo. Salí del cuarto de baño y me metí en el cuarto. Me vestí y me sequé el pelo cuando ya me lo cepillé. Me pinté un poquito los ojos para romper el hielo. Cuando salí coincidió que el salía de la ducha y nos cruzamos. ... Sólo llevaba una maldita toalla, ¡¿él planeaba que me corriese o algo?!
-Te gusta lo que ves, ¿eh?-dijo él lascivo.
-Cállate-le dije.
-Yo también te quiero-dijo dirigiéndose al dormitorio.
Me fui a la cocina refunfuñando. Hice una larga lista de la compra.
-¡TARARARARARARARARA!-sonó detrás de mi.
Di un respingo del susto, realmente no me lo esperaba.
-¡Me cago en la puta!-grité del susto.
Era Josh. Soltó una carcajada bastante inquietante. Miré como desplazaba sus celestiales ojos estudiando la lista. Se mordió el labio inferior mientras leía concentrado.
-Está todo-dijo sonriendo.
Sonreí tímidamente y me sonrojé un poco. Desvié la mirada porque sabía que, cuando empezaba a mirarle, no podía parar.
Fuimos de compras. Compramos tanto que me asusté del peso de las bolsas, pero con los fuertes brazos de mi compañero de piso, no resultará ningún problema. Mientras llegábamos a casa, le pregunté indiscretamente por su exnovia Holly.
-Bah, que le den-dijo él algo molesto.
-¿Tan mal lo pasaste?-le pregunté yo.
-Algún día te contaré lo que me hizo-dijo Josh.
Algún día... pensé yo.                                                        
                                                                   ♥

Pasó un mes, sí, un mes, el mes más raro de mi vida. Sabía, tenía muy claro que Josh y yo tonteábamos de vez en cuando, pero no me hacía ilusiones...
Aquella tarde Josh había quedado con los chicos, yo me iría seguramente con las chicas.
Decidí llegar tarde. Me tumbé en el sofá y me eché una siestecita buena.

Me desperté algo angustiada. Tenía mareos y quería vomitar. Fui al cuarto de baño a comprobar si mi aspecto era aceptable. Un buen cepillado de pelo y como nueva, entonces, me asomé por la ventanilla del aseo. Desde allí podía ver un descampado sombrío, un banco y una farola que emitía una acogedora luz amarillenta. Sin pensármelo dos veces, bajé.
Me senté en el banco. La sensación era algo aburrida, pero estuve un ratito, cinco minutos algo así.
Cuando me cansé, me adentré en el parque. Había tanta arboleda que parecía que no estaba en plena ciudad. Frené cuando vi una farola. Esta, emitía una luz blanca e irregularmente intermitente. El ambiente era bueno, hasta que noté que no estaba sola.
Oí pasos sordos en mi nuca, tuve que girarme, pero no veía nada, tan solo árboles en plena sombra. Me giré de nuevo, lista para irme, pero el pánico se apoderó de mi. Una sombra, excesivamente grande y aterradora estaba a escasos centímetros de mi torso. Jadeé y me caí al suelo. Cuando mi corazón parecía que no podía ir más rápido, me percaté de que algo, que no era miedo, se introdujo en mi. La luz de la farola pudo dejarme ver que clase de ser era aquel. Un lobo. Un lobo negro y gigante. Me caí de culo y me arrastré hacia atrás de pánico. Entonces, el lobo gimió cariñoso y acercó su hocico para que lo acariciase. Me sorprendió tanto que no dudé en palpar su pelaje. El lobo se sentó y movió el rabo. Me puse de pie para estar a su altura y le rasqué por detrás de la oreja. Pero este se fue corriendo, dejándome sola en el claro del bosque. Miré al suelo, ¿qué había pasado?
Oí los mismos pasos pero al trote, por lo que levanté la cabeza. El mismo lobo, con una rama en la boca. Él y yo jugamos a tirar la rama, él la recogía y yo la volvía a lanzar. Así hasta que me llamaron por teléfono.